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Subject: Oriana Fallaci se expresa sobre la guerra de 2 culturas.


Author:
MATA JARI
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Date Posted: 12:04:34 03/28/03 Fri

La célebre periodista, autora de uno de los más brillantes y
polémicos artículos publicados tras el 11-S, 'La rabia y el
orgullo', que dio origen al libro del mismo título que ha editado La
Esfera de los Libros, reflexiona sobre el enfrentamiento que
protagonizan las principales potencias de Occidente en la escena
internacional y toma partido en relación con la crisis actual y la
amenaza de guerra inminente en Irak


Por ORIANA FALLACI

Para evitarme el dilema y ahorrarme la dolorosa pregunta de si «debe
o no debe hacerse esta guerra», para superar las reservas, las
repugnancias y las dudas que todavía me torturan, a menudo me digo a
mí misma: «¡Ojalá los iraquíes se liberasen por sí solos de Sadam
Husein! ¡Ojalá que cualquier Ahmed o cualquier Abdul lo liquidase y
lo colgase por los pies en cualquier plaza como en 1945 hicieron los
italianos con Mussolini!». Pero eso no sirve. O sólo sirve en un
sentido. De hecho, en 1945, los italianos se liberaron de Mussolini,
porque los aliados habían ocupado las tres cuartas partes de Italia
y, por lo tanto, habían hecho posible la insurrección del Norte. En
otras palabras, porque habían hecho la guerra. Una guerra sin la
cual habríamos tenido que aguantar a Mussolini mientras viviese (y
lo mismo a Hitler).Una guerra durante la cual los aliados nos habían
bombardeado sin piedad y en la que habíamos muerto como moscas.
Ellos, también.En Salerno, en Anzio, en Cassino. En el avance hacia
Florencia, en la Línea de Gotica. En la tremenda Línea de Gotica que
los alemanes habían trazado desde el Tirreno al Adriático. En menos
de dos años, 45.806 muertos norteamericanos y 17.500 entre ingleses,
canadienses, australianos, neozelandeses, sudafricanos, hindúes,
brasileños y polacos. También los franceses que habían optado por De
Gaulle y los italianos del Quinto o del Octavo Ejército.(¿Saben
cuántos cementerios militares aliados hay en Italia? Más de 130. Y
los más grandes y los más llenos son precisamente los de los
americanos. Sólo en Nettuno, 10.950 tumbas. Sólo en Falciani, cerca
de Florencia, 5.811... Cada vez que paso por delante y veo ese lago
de cruces, me estremezco de dolor y de gratitud). Porque en Italia
también había un Frente de Liberación Nacional. Una Resistencia a la
que los aliados suministraban armas y municiones. Porque, a pesar de
mi tierna edad, yo también colaboraba. Recuerdo perfectamente el
Dakota que, desafiando a los antiaéreos, lanzaba a los paracaidistas
en la Toscana.Exactamente en el Monte Giovi, donde, para hacernos
localizar, encendíamos fuegos y donde una noche lanzaron en
paracaídas incluso un comando cuya misión era instalar una radio
clandestina, llamada Radio Cora. Diez simpatiquísimos americanos que
hablaban un perfecto italiano. Y que, tres meses después, fueron
capturados por las SS, torturados de una forma salvaje y fusilados
junto a la partisana Anna Maria Enriquez-Agnoletti. Por eso el
dilema persiste. Atormentador y agobiante.

Persiste por los motivos que me dispongo a exponer. El primer motivo
es que, contrariamente a los pacifistas que nunca berrean contra
Sadam Husein o Bin Laden y se meten sólo con Bush o con Blair (en la
manifestación de Roma gritaban incluso contra mí, al parecer
deseando que saltase en mil pedazos con el próximo transbordador),
yo conozco la guerra. Sé muy bien qué significa vivir en el terror,
correr bajo el fuego de los cañones o las bombas de mil kilos, ver
morir a la gente y explotar las casas, reventar de hambre y no tener
ni siquiera agua para beber. Y lo que es peor, sentirse responsable
por la muerte de otro ser humano (aunque ese ser humano sea un
enemigo, por ejemplo un fascista o un soldado alemán). Lo sé porque
pertenezco, precisamente, a la generación de la Segunda Guerra
Mundial. Y porque gran parte de mi vida he sido corresponsal de
guerra. No uno de esos corresponsales que ven la guerra desde los
hoteles, sino de los que realmente se patean el frente. Por tanto,
desde Vietnam hasta ahora, he visto horrores que el que sólo conoce
la guerra a través de la televisión o de las películas, donde la
sangre es salsa de tomate, ni siquiera puede imaginar. Odio la
guerra de una forma que nunca podrán odiar los pacifistas de buena o
mala fe. La odio tanto que cada uno de mis libros rezuma ese odio.
La odio tanto que incluso las escopetas de caza me molestan y los
disparos de los cazadores hacen que me suba la sangre a la cabeza.
Pero no acepto el farisaico principio o el eslogan de los que
dicen: «Todas las guerras son injustas, todas las guerras son
ilegítimas».La guerra contra Hitler y Mussolini era una guerra
justa, por todos los santos. Una guerra legítima. Incluso,
obligatoria.Las guerras del resurgimiento italiano que mis abuelos
hicieron en el siglo XIX para expulsar al extranjero invasor eran
guerras justas, por todos los santos. Guerras legítimas.
Obligatorias.Y lo mismo se puede decir de la Guerra de la
Independencia que los colonos americanos hicieron contra Inglaterra.
Y lo mismo las guerras (o las revoluciones) que tienen lugar para
reencontrar la dignidad y la libertad. Yo no creo en las rápidas
absoluciones, en las cómodas pacificaciones, en el perdón fácil. Y
todavía creo menos en la explotación de la palabra paz, en el
chantaje de la palabra paz. Cuando en nombre de la paz se cede a la
prepotencia, a la violencia y a la tiranía. Cuando en nombre de la
paz un pueblo se resigna al miedo y renuncia a la dignidad y a la
libertad, la paz ya no es paz. Es un suicidio.

El segundo motivo es que, a pesar de ser justa como espero y
legítima como deseo, esta guerra no debería tener lugar ahora.Habría
tenido que desarrollarse hace un año. Es decir, cuando las ruinas de
las dos torres estaban todavía humeantes, y todo el mundo civilizado
se sentía americano.Y si se hubiese hecho entonces, hoy los
simpatizantes de Bin Laden y de&&&& Sadam Husein no llenarían las
plazas con su pacifismo de sentido único. Las estrellas de Hollywood
no se habrían exhibido en el papel (en el fondo grotesco) de jefes
de Estado. Y la ambigua Turquía que está volviendo a poner el velo a
las mujeres no negaría el paso a los marines que se dirigen al
frente Norte. A pesar de las chicharras europeas que, junto a los
palestinos, gritaban «les ha estado bien empleado a los americanos»,
hace un año nadie negaba que Estados Unidos había sufrido un segundo
Pearl Harbor y que, por tanto, tenían derecho a reaccionar. Más aún,
a pesar de ser justa como espero y legítima como deseo, ésta es una
guerra que habría tenido que desarrollarse incluso antes. Es decir,
cuando Clinton era presidente y las pequeñas Pearl Harbor surgían en
todo el mundo. En Somalia, por ejemplo, donde los marines en misión
de paz eran asesinados y mutilados y, después, entregados a las
muchedumbres enloquecidas. En Yemen, en Kenia y en otros muchos
sitios. El 11-S no fue más que la brutal confirmación de una
realidad ya fosilizada. La indiscutible diagnosis del médico que te
pone ante la cara la radiografía y sin miramientos te dice: «Señor,
señora, tiene usted un cáncer». Si Clinton hubiese pasado menos
tiempo con mozas lozanas, si hubiese utilizado de una forma más
responsable el Despacho Oval, quizá no hubiese tenido lugar el 11-S.
Y es inútil añadir que, menos aún, el 11-S tampoco habría tenido
lugar si George Bush Senior hubiese eliminado a Sadam Husein en la
Guerra del Golfo. ¿Recuerdan? En 1991, el Ejército iraquí se
desinfló como un balón pinchado. Se desintegró tan rápidamente que
hasta yo capturé a cuatro soldados suyos.Estaba detrás de una duna
del desierto saudí, sola e indefensa, cuando cuatro esqueletos
indefensos y harapientos vinieron hacia mí con las manos en
alto. «¡Bush!», susurraron en tono suplicante.«¡Bush!», palabra que,
para ellos significaba «Tengo hambre y sed. Hágannos prisioneros,
por caridad». Les cogí, les entregué al teniente y, éste, en vez de
alegrarse, comenzó a gruñir: «¡Uf! Ya tenemos 50.000. ¿Le va a dar
usted de comer y de beber?».Y sin embargo, los americanos no
llegaron a Bagdad. George Bush Senior no derrocó a Sadam. («El
mandato de Naciones Unidas era liberar Kuwait y nada más»). Y para
darle las gracias, Sadam intentó hacerlo asesinar. A veces, me
pregunto si esta guerra tardía no es una represalia pacientemente
esperada. Una promesa filial, una venganza de tragedia shakesperiana
o griega.


El tercer motivo es la forma equivocada en la que se realizó la
hipotética promesa al padre. ¿Quién se atrevería a refutarle? Desde
el 11-S hasta los comienzos del pasado otoño todo el énfasis se
concentró en Bin Laden, en Al Qaeda y en Afganistán. Sadam Husein e
Irak fueron prácticamente ignorados. Y sólo cuando quedó claro que
Bin Laden gozaba de una excelente salud, porque el intento de
cogerlo vivo o muerto había fallado, Bush y Powell se acordaron de
su rival. Nos dijeron que Sadam Husein era malo, que cortaba la
lengua y las orejas a los enemigos, que mataba a los niños delante
de sus propios padres (cierto). Que decapitaba a las prostitutas y,
después, exhibía sus cabezas en las plazas (cierto). Que sus
prisiones estaban repletas de presos políticos encerrados en celdas
tan pequeñas como grandes, que los experimentos químicos y
biológicos los&&& realizaba sobre tales víctimas con especial predilección (cierto). Que mantenía relaciones con Al Qaeda y que
financiaba el terrorismo, premiaba a las familias de los kamikazes
palestinos con 25.000 dólares a cada familia (cierto). Y por último,
que jamás había renunciado a su arsenal de armas letales y que, por
lo tanto, Naciones Unidas tenía que volver a enviar a los
inspectores a Irak. De acuerdo, pero seamos serios. Si en los años
30 la ineficaz Liga de las Naciones hubiese enviado sus inspectores
a Alemania, ¿Hitler les habría mostrado Peenemünde, donde Von Braun
fabricaba los V1 y los V2 para pulverizar Londres? ¿Seguro que les
hubiese mostrado los campos de concentración de Dachau y Mathausen,
Auschwitz y Buchenwald?& A pesar de todo, la comedia de los
inspectores se puso en marcha y con tal intensidad que el papel de
estrella pasó de Bin Laden a Sadam Husein. Y ni siquiera la
detención de Khalid Muhammed, el arquitecto del 11-S, provocó el
júbilo popular. Y la noticia de que Bin Laden fue localizado en
Pakistán y corrió el riesgo de tener la misma suerte, también pasó
desapercibida. Una comedia repleta de miserias la de los
inspectores. Una comedia de vil doble juego y de complicidad.Una
comedia llena de estrategias equivocadas por parte de Bush que,
teniendo el pie en los estribos, pedía al Consejo de Seguridad
permiso para hacer la guerra y, al mismo tiempo, enviaba las tropas
a las fronteras de Irak. En menos de dos meses, un cuarto de millón
de soldados. Con los ingleses y australianos, más de 300.000. Y eso
sin tener en cuenta que los enemigos de América (o de Occidente
debería decir) no están sólo en Bagdad.
Porque sus enemigos están también en Europa, señor Bush. Están en
París, donde el melifluo Chirac pasa ampliamente de la paz, pero
sueña con satisfacer su vanidad con el Premio Nobel de la Paz. Donde
nadie quiere derrocar a Sadam, porque Sadam es el petróleo que las
compañías petrolíferas francesas extraen de Irak. Y donde, olvidando
el pequeño lunar&&&& llamado Pétain, Francia sigue teniendo la napoleónica pretensión de dominar la Unión Europea. Asumir su hegemonía. Sus enemigos, señor Bush, están en Berlín, donde el
partido del mediocre Schröder ha ganado las elecciones comparándole
con Hitler. Donde las banderas americanas se ensucian con la
esvástica, símbolo de la Alemania nazi. Y donde los alemanes van de
la mano de los franceses, creyendo que son nuevamente los amos. Sus
enemigos, señor Bush, están en Roma, donde los comunistas salieron
por la puerta para entrar por las ventanas como los pájaros de la
homónima película de Hitchcock. Donde los curas católicos son más
bolcheviques que los comunistas. Y donde afligiendo al próximo Papa
con su ecumenismo, su tercermundismo y su fundamentalismo, Karol
Wojtyla recibe a Aziz como si fuese una paloma con la rama de olivo
en el pico o un mártir a punto de ser devorado por los leones del
Coliseo (y después lo manda a Asís, donde los frailes le acompañan
hasta la tumba de San Francisco, pobre San Francisco).Y en los demás
países, lo mismo o peor. ¿Todavía no le han informado sus
embajadores? Señor Bush, en Europa hay enemigos de Estados Unidos
por todas partes. Lo que usted llamaba diplomáticamente «diferencias
de opinión» es odio puro. Un odio parecido al que exhibía la Unión
Soviética hasta la caída del Muro. Su pacifismo es sinónimo de
antiamericanismo y, acompañado de un profundo renacimiento del
antisemitismo, triunfa igual& que el Islam.
¿Sabe por qué? Porque Europa ya no es Europa. Se ha convertido en
una provincia del Islam, como España y Portugal en tiempo de los
moros. Europa alberga 16 millones de inmigrantes musulmanes, es
decir, el triple de los que hay en América (y América es tres veces
mayor). Europa hierve de mulás, de ayatolás, de imames, de
mezquitas, de turbantes, de barbas, de burkas, de chadores.Y cuidado
con protestar. Europa esconde miles de terroristas que nuestros
gobiernos no consiguen ni controlar ni identificar.Por eso, la gente
tiene miedo y enarbola la bandera del pacifismo, pacifismo igual a
antiamericanismo, y así se siente protegida.Y por si eso fuera poco,
Europa olvidó a los 221.484 americanos muertos por ella en la
Segunda Guerra Mundial... Le importa un bledo sus cementerios en
Normandía, en las Ardenas, en los Vosgos, en el valle del Rin, en
Bélgica, en Holanda, en Luxemburgo, en Lorena, en Dinamarca o en
Italia. En vez de gratitud, Europa siente envidia, celos y odio.
Ninguna nación europea apoyará esta guerra, señor Bush. Ni siquiera
las realmente aliadas, como España, o las dirigidas por tipos como
Berlusconi que le llama «mi amigo George». En Europa usted sólo
tiene un amigo y un aliado: Tony Blair. Pero incluso Blair dirige un
país invadido por los moros y lleno de envidia, celos y odio hacia
Estados Unidos.Incluso su partido lo persigue y le vuelve la
espalda. Por cierto, tengo que pedirle disculpas, señor Blair.
Porque, en mi libro La rabia y el orgullo, fui injusta con usted.
Equivocada por su exceso de cortesía hacia la cultura islámica,
escribí que era usted una chicharra entre las chicharras, que su
coraje era flor de un día y que, una vez que ya no le sirviese a su
carrera política, lo dejaría de lado. Pero la verdad es que está
sacrificando su carrera política en aras de sus propias
convicciones. Con una impecable coherencia.

Pido disculpas de verdad y retiro incluso la dura frase que aumentaba la
injusticia: «Si nuestra cultura tiene el mismo valor que una cultura
que obliga a llevar el burka, ¿por qué pasa las vacaciones en mi
Toscana y no en Arabia Saudí o en Afganistán?». Y le digo: «Venga
cuando quiera. Mi Toscana es su Toscana y mi casa, su casa. My home
is your home».
El motivo final de mi dilema radica en los términos con los que Bush
y Blair y sus consejeros definen esta guerra. «Una guerra de
liberación, una guerra humanitaria para llevar la libertad y la
democracia a Irak». Pues no, queridos señores, no. El humanitarismo
no tiene nada que ver con las guerras. Todas las guerras, incluso
las justas, incluso las legítimas, son muerte y desgracia y
atrocidad y lágrimas. Y ésta no es una guerra de liberación (ni
siquiera es una guerra por el petróleo, como muchos sostienen.
Contrariamente a los franceses, los americanos no necesitan el
petróleo iraquí).Es una guerra política. Una guerra hecha a sangre
fría para responder a la Guerra Santa que los enemigos de Occidente
declararon el 11-S. Es una guerra profiláctica.Una vacuna, como la
vacuna contra la polio y la varicela, una intervención quirúrgica
que se abate sobre Sadam Husein, porque entre los diversos focos
cancerígenos, Sadam Husein es el más obvio. El más evidente y el más
peligroso. Además, Sadam constituye el obstáculo (piensan Bush y
Blair y sus consejeros) que, una vez retirado, les permitirá
rediseñar el mapa de Oriente Próximo. Es decir, hacer lo que los
ingleses y los franceses hicieron tras la caída del Imperio Otomano.
Rediseñar y difundir una Pax Romana, perdón, una Pax Americana,
donde reine la libertad y la democracia. Donde nadie
moleste con atentados ni matanzas. Donde todos puedan prosperar,
vivir felices y contentos. Tonterías. La libertad no se puede
regalar, como un trozo de chocolate y la democracia no se puede
imponer con ejércitos. Como decía mi padre, cuando invitaba a los
antifascistas a entrar en la Resistencia, y como digo yo cuando
hablo con los que creen honestamente en la Pax Americana, la
libertad tiene uno que conquistarla. La democracia nace de la
civilización y, en ambos casos, hay que saber de qué se trata.La
Segunda Guerra Mundial fue una guerra de liberación no porque
regalase a Europa dos trozos de chocolate, es decir dos novedades
llamadas libertad y democracia, sino porque las restableció.Y las
restableció porque los europeos las habían perdido con Hitler y
Mussolini. Pero las conocían bien y sabían de qué se trataba. Los
japoneses, no. Estoy de acuerdo. Para los japoneses los dos trozos
de chocolate fueron un regalo que les reembolsaba, sobre todo,
Hiroshima y Nagasaki. Pero Japón ya había iniciado su marcha hacia
el progreso, y ya no pertenecía al mundo que en La rabia y el
orgullo llamo La Montaña. Una montaña que, desde hace 1.400 años no
se mueve, no cambia, no emerge de los abismos de su ceguera. En
definitiva, el Islam. Los modernos conceptos de libertad y
democracia son absolutamente extraños al tejido ideológico del
Islam, totalmente opuestos al despotismo y a la tiranía de sus
estados teocráticos. En ese tejido ideológico es su dios el que
manda, su dios el que decide el destino de los hombres y de ese dios
los hombres no son hijos, sino súbditos y esclavos. Insciallah -lo
que allah quiera-, Insciallah. Es decir, en el Corán no hay lugar
para el libre albedrío, para la elección y, por lo tanto, para la
libertad. No hay lugar para un régimen que, al menos jurídicamente,
se basa en la igualdad, en el voto, en el sufragio universal, es
decir, no hay lugar para la democracia.De hecho, los musulmanes no
entienden estos dos conceptos modernos.Los rechazan, e
invadiéndonos, conquistándonos, los quieren borrar incluso de
nuestra vida.

Apoyados en su profundo optimismo, el mismo optimismo con el que en
Fort Alamo combatieron con tanto heroísmo y terminaron todos
masacrados por el general Santa Ana, los americanos están seguros de
que en Bagdad serán acogidos como en Roma y en Florencia y en
París. «Nos aplaudirán, nos echarán flores», me dijo, todo contento,
un cabeza de huevo de Washington. Quizá. En Bagdad puede pasar de
todo. ¿Y después? ¿Qué pasará después? Más de dos tercios de los
iraquíes que en las últimas elecciones dieron el 100% de los votos a
Sadam son chiítas que, desde siempre, sueñan con
establecer la república islámica de Irak. Y en los años 80, incluso
los soviéticos fueron bien acogidos en Kabul.También los soviéticos
impusieron su pax con el Ejército. Convencieron a las mujeres de
quitarse el burka, ¿recuerdan? Pero, 10 años después, tuvieron que
irse y ceder el sitio a los talibán. ¿Y si, en vez de descubrir la
libertad, Irak se convirtiese en un segundo Afganistán?
Pregunta: ¿Y si en vez de descubrir la libertad, todo el Oriente
Próximo saltase por los aires y el cáncer se multiplicase? De país
en país, como una especie de reacción en cadena... Como occidental
orgullosa de su civilización y, por lo tanto, decidida a defenderla
hasta el último suspiro, en ese caso tendré que unirme sin reservas
a Bush y a Blair, atrincherados en un nuevo Fort Alamo. Sin
repugnancia, debería luchar y morir con ellos.


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