| Subject: La Ciudad Oscura |
Author: Iskan el Cubano
| [ Next Thread |
Previous Thread |
Next Message |
Previous Message
]
Date Posted: 09:55:27 02/28/03 Fri
Bienvenido a la Ciudad Oscura. Lóbrega y opresiva de noche, deprimente en el día. El auto que manejas, a escasos 40 km/hora, se sacude y hace sonar todas sus junturas y tornillos que se van desajustando al son de los baches. Hay muchos baches en la Ciudad Oscura. Piensas que no hacen falta regulaciones a la velocidad del tránsito, los baches se encargan de ello con amplia ventaja sobre los numerosos policías. Y hay muchos policías, pero hay más baches. Algunos realmente merecen nombre pues parecen accidentes geográficos. Este, seco, parece un cráter, mientras que el que sigue, inundado de agua, semeja una laguna en la cual se podría perder un abominable Fiat Polaco o supositorio, como lo llama el gracejo criollo.
Piensas en todo esto mientras bordeas las espantosas fosas subiendo tu carro a la acera, entre las protestas de la torturada suspensión y las increpaciones de unos adolescentes que ven interrumpido su juego con trompos. Lo que te gritan es casi ininteligible, un argot contemporáneo pronunciado con el acento de un español que involuciona inexorablemente, pero puedes inferir de que se trata. Los saludas con un apresurado ademán de tu brazo mientras regresas el auto a la ¿calle?, con el cuidado de un anciano que baja una escalera. Al pasar por encima del contén oyes un chirrido metálico. Un pequeño tributo que le cobra al chasis del auto la Ciudad Oscura y todo por no honrar sus baches.
Humo, mucho humo en las calles. Te sigues moviendo a trompicones, cuando de pronto el frente de tu carro estalla en luz. Está cayendo el sol, con ese amarillo quemante de la tarde en el trópico. Y entre el humo y el sol de frente más te vale saberte la calle de memoria si no quieres terminar en un portal de una ya de por sí ruinosa casa.
Es día de elecciones de diputados a la Asamblea Nacional. Del radio salen constantemente reportes acerca de lo exitoso del proceso, porcentajes de asistencia por encima del 99% y todo eso. Los reportajes son interrumpidos a ratos por spots alegóricos, instando a votar temprano, etc. Uno de ellos llama particularmente tu atención. Un locutor de Radio Rebelde, con una voz entusiasta, pero que guarda un toque de solemnidad, declama sobre un fondo de música triunfal: “Todos a votar por el futuro de la Patria y de la Humanidad”. Inevitablemente recuerdas al amigo que alguna vez te dijo que los cubanos somos geocéntricos desde nuestras más recónditas raíces y que si no lo creías, que te acordaras de Martí: “Un error en Cuba, un error en América, es un error en la Humanidad entera”. Pero a Martí se le perdona. Al cabo no es su culpa que estos tiempos estén llenos de Martí-dijo. Pero la frase del locutor de Radio Rebelde hace que, perplejo, te rasques la frente. Claro que es fácil imaginar a la Patria tomando aspirinas para el dolor de cabeza por tanta jodienda pero es ciertamente más difícil imaginar a la Humanidad aguantando la respiración, emocionada, esperando el ridículamente predecible resultado de la votación en Cuba.
Sigues sorteando escollos y de pronto una musiquita se deja escuchar en el radio, “Allá va eso, la Mesa Redonda…”, dice tu acompañante. De eso has oído hablar pero no te ha tocado en vivo y en directo. El tema no es lo fundamental, sino el tono del debate. Aleccionador, seguro, definitivo. Conversaciones salpicadas de palabras de moda, enigmáticas para el cubano de a pie: neoliberalismo, globalización, FMI, Banco Mundial. Llueven los razonamientos sólidos, las frases precisas y conocedoras. De pronto te percatas de que esta gente parece tener diagnosticados todos los problemas y elaboradas las correspondientes soluciones. Parece que entonces el meollo del asunto estaría en aplicar esas soluciones, una vez estén dadas las condiciones objetivas y bajo control las subjetivas y entonces convertir a Cuba, de una vez y por todas, en el país más próspero del planeta que haya existido desde el inicio de los tiempos, por siempre y para siempre, amén. Aquí debe ir una marcha triunfal en off que se va mezclando con la Oda a la Alegría, in crescendo esta última y unos pioneritos corriendo en cámara lenta, iluminados desde atrás por la luz del sol de la tarde y representando todas las razas de la isla (es decir, negritos, blanquitos, mulatitos, algún rubiecito y algún chinito), sonrientes y felices. Y al final, una conga y el despelote. Pa´l carajo.
El Noticiero Nacional de Televisión te sorprende en medio de una visita. Te sorprende más aun que los anfitriones revisan de reojo, de guille, lo que sucede en el televisor y eso te hace sentir un poco incomodo, inoportuno. Para atenuar el impacto, decides sumarte a la contemplación del NTV. Este es sencillo: Fidel, en no sé que acto político y la muela de turno, lo cual te hace cerrar los ojos con resignación y suspirar discretamente. Le sigue un fragmento de un discurso de Hugo Chávez al final del cual el locutor del noticiero nos comunica con entusiasmo que el discurso completo del Presidente de la Republica Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez, será trasmitido a las seis de la tarde al día siguiente. A estas alturas tienes los ojos abiertos como platos y con cierta incredulidad, señalando hacia el televisor, le preguntas al anfritrión: “Oye, ese hombre dijo que van a poner el discurso de Chavez?... “, “Ah, sí… a cada rato ponen uno…”, te responden y en ese momento, sin darte tiempo para decir lo que se te agolpa en la garganta, aparece el tercer tema de esa noche en el NTV: Lula en no se qué evento izquierdista en Brasil, unos cubanos echando tremenda muela en el mismo evento y le siguen las noticias internacionales: revueltas, protestas, catástrofes sociales y hecatombes económicas en todo el mundo, que evidentemente está jodidísimo (coño, que suerte de vivir en Cuba) y al fin el estado del tiempo el cual, como todos sabemos, es tema de preocupación nacional. En eso se acabó el noticiero, te despides, te subes al carro y empiezas a hablar sólo, regalándote con deliciosas combinaciones de malas palabras, a ver si así se te baja el sube y la presión arterial.
Ya cayó la noche y los portales, desdibujados, sólo se adivinan. Sombras en ellos, gente que va a quien sabe adonde. La desesperanza se puede agarrar con la mano. El Parque de la Fraternidad te recibe con más tinieblas de las que una ciudad debe soportar. En medio de esa sólida oscuridad se mueven autos, cocotaxis, almendrones y hasta algún que otro ciclista kamikaze. La Calzada de Monte es un túnel de miserias, de paredes tristes, grises, negras, heridas por guardavecinos herrumbrosos y balcones en ruinas.
Belascoaín es una ruta tortuosa y maltrecha. Iluminado apenas por la luz malicienta de un esporádico farol, un anciano camina por la acera que bordea el Mercado de Cuatro Caminos. Viste una camisa de color indefinible y unos pantalones beige, en los que destaca un remiendo carmelita en el muslo. Los pantalones apenas le llegan al tobillo y dejan ver la delgada pierna. Sin medias, calza unos tenis remendados y manchados. De su mano derecha cuelga una jaba, de nailon tejido y con asas de una tela a cuadros. Avanza despacio, abandonando por momentos la seguridad de la acera, que en ese lugar, además de ser más estrecha, está ocupada por un poste. El anciano baja a la calle con descuido, no parece importarle la amenaza de un auto o bicicleta. Arrastra ligeramente los pies y su mirada, quizás guiada por su espalda encorvada, mira hacia el suelo un par de metros por delante. Después de avanzar un corto tramo regresa a la acera y entonces es casi derribado por dos hombres que vienen conversando a gritos, interrumpiéndose mutuamente y gesticulando con amplios ademanes. Uno de ellos, al tropezar con el frágil cuerpo, apenas se percata de la presencia del anciano, al que mira de lado, burlón, mientras le grita “Oye puro, mira por donde camina, compadre…” y sigue su andar apresurado, retomando la gritería casi sin pausas.
De nuevo una encrucijada de tinieblas, Vía Blanca y 10 de Octubre. La mortecina luz roja del semáforo te detiene de nuevo. Alguien en la mañana (tan lejana parece a esta hora de desolación) te comentó que habían cambiado los bombillos de los semáforos por otros de menor potencia. Propósito: ahorro de energía. Resultado: una señal lumínica agonizante que en la noche trata de abrirse paso entre tanta oscuridad y por el día simplemente no se ve. Con el sol de Cuba no se juega, para quien no se acuerde. Ni con los planes de ahorro de energía. Tremenda mierda.
Sigues a lo largo de Vía Blanca, sorteando en la oscuridad baches, humeantes camiones y asmáticos carros rusos, cuando te sorprende un manchón de luz a tu izquierda. Adivinas más que ves, en el borde del oasis de luz, un letrero que anuncia un Rápido y una tienda Panamericana. “Coño, tengo que comprar cigarros…”, te acuerdas en ese momento y te permites una ligera infracción. Das vuelta en U y entras en una cochambrosa calle lateral que da acceso al lugar. Te parqueas al lado de unos maltrechos y hediondos tanques de basura. A tu izquierda, ya afuera del alcance de la luz, vociferan unos muchachos, casi todos en shorts, camisetas y descomunales zapatos deportivos de pésimo gusto. Un par de hombres, recostados en la cerca de mallas que circunda el lugar, beben cervezas y te observan indiferentes. Otros te miran evaluativos, aquilatando a ese tipo blancuzo, que a las diez de la noche anda por la Ciudad Oscura, en bermudas de mezclilla, un par de tenis “que-se-ve-que-son-de-afuera”, como dijera una vecina, una discreta pero brillante cadena de oro y en fin con un tipo-de-yuma (la vecina de nuevo), manejando un chapa amarilla (ahí está el detalle, si fuera de turismo el asedio sería casi inmediato) y que se baja en aquel tugurio, ubicado en el borde del otrora bello y ahora demacrado Santos Suárez.
Una edificación de planchas metálicas prefabricadas da cobijo a una especie de cafetería de estos tiempos (allí…). Una sudorosa mujer se ve atareada, detrás de un estrecho mostrador. A su espalda un refrigerador de puerta transparente almacena cervezas y refrescos de un par de marcas nacionales. Hay unas seis mesas, con cuatro sillas cada una, de plástico blanco, manchadas por el uso y el maltrato. Algunas están ocupadas; una pareja de ojos cansados, tres hombres que conversan en voz baja (¡!!) y que beben cerveza con manos que brillan por la grasa de los pollos fritos que consumen. Una mesa más allá se sienta un hombre de mediana edad, apoltronado en su silla y con aspecto de estar muy satisfecho de sí mismo. Este último envía a un muchacho, a todas luces retrasado mental, a que le traiga una cerveza. La encargada del lugar levanta la vista brevemente, inquisitiva, en dirección al hombre satisfecho. Este le hace un gesto que pretende ser magnánimo y la mujer le entrega al muchacho una cerveza Cristal sin darle el vuelto. El muchacho corre torpemente hacia la mesa del hombre satisfecho y le coloca la cerveza enfrente. El hombre satisfecho le da un billete de un dólar y el muchacho mira el dinero con la boca entreabierta, atesorándolo, mientras esboza un rictus que quiere ser una sonrisa y un hilo de saliva le asoma a la comisura de los labios. Entonces el hombre satisfecho hace girar la lata de cerveza entre sus dedos sin levantarla de la mesa, en gesto maquinal, y pasea la mirada por el lugar, buscando el eco que debía haber dejado su acción en los que allí estaban.
El lugar está iluminado por unas cuantas lámparas de luz fría. La más alejada del mostrador parpadea con regularidad, con un efecto de foco de discoteca venida a menos. Todas las lámparas tienen algo en común: están cubiertas por moscas, que a esas horas de la noche están ahítas. En los espacios que no están las moscas se advierten las numerosas cagadas con que estas han tapizado los focos, antes blancos y transparentes, y que nadie se ha preocupado en limpiar. La luz que se logra filtrar a través de toda esa mugre, ilumina un piso de cemento sin pulir, cubierto de colillas de cigarros, papeles, bandejas y cubiertos de plástico y algún que otro vaso. Todo ello pisoteado y amalgamado con el polvo gris de la Ciudad Oscura.
La encargada del lugar termina de atender a la persona que había llegado antes que tú. Te aproximas para realizar tu pedido, cuando el muchacho retrasado irrumpe por tu lado, mientras se limpia la baba que le corre por el mentón con el dorso de la mano derecha. Al bajar el brazo con un movimiento brusco, hace que su húmeda mano pase a lo largo de tu brazo izquierdo, dejando un frío y viscoso hilo de saliva enredado en los vellos de tu brazo. Mientras que aguantas la respiración y miras con cierta incredulidad tu ahora brillante brazo, el muchacho deja caer los brazos en el mostrador, la boca entreabierta y la cabeza balanceándose con cierta cadencia. Pide con frases entrecortadas algo de tomar y comer, mientras tu preguntas por un baño. La mujer, sin pronunciar palabra, te señala hacia algún lugar a su izquierda.
Lo encuentras sumido en la penumbra, adonde te conduce el penetrante olor. Como puedes, limpias tu brazo y regresas al mostrador. Pides los cigarros y unas maltas. La mujer escucha sin levantar la vista de un dinero que está contando. De pronto, alarga la mano, toma una caja de cigarros, la tira en el mostrador con gesto habitual, y mientras tu te las ingenias para interceptarla en su trayectoria y evitar que siga resbalando y caiga al piso, te dice: ”Cuantas maltas, mijito? , “Seis, por favor…”. La mujer abre una de las neveras, saca las maltas y las coloca delante de ti. Entonces, apoyando ambas manos en el borde del mostrador te dice el precio. Le das el dinero y le pides que si por favor no tendrá una bolsa de plástico para meter las maltas. Ella, que ahora está manipulando el dinero, levanta la vista brevemente y dice “Una qué..?”, y por su expresión parecería que le pediste los aretes que le faltan a la Luna. “Una jabita…”, le dices y ella mete la mano debajo del mostrador y saca una jabita arrugada y la pone al lado de las maltas. Pones las latas en la jabita, tomas el vuelto, agradeces con una sonrisa y caminas hacia la salida. Lo último que ves es la mesa del hombre satisfecho, al cual en el ínterin se unió un tipo de ojos enrojecidos que viste un short sucio, un pulóver con algún letrero en ingles y unas chancletas plásticas, de las que asoman unos dedos ennegrecidos por la suciedad. En la mesa aledaña, el muchacho retrasado devora un perro caliente, que acompaña con un refresco. Fragmentos de comida masticada escapan de su boca mientras ríe desaforadamente de los comentarios de contenido sexual que el hombre satisfecho y el de los ojos rojos le hacen.
Cansado, te vas transitando por calles que sugieren Kabul después del bombardeo. Llegas a tu casa y, mientras cierras el carro, ves por el rabillo del ojo una figura que sale furtivamente de un zaguán en penumbras. El hombre trae la mano derecha bajo la chaqueta gris que viste y con la mano izquierda aparta la solapa con sigilo:”Dime Flaco, carne de res, a dos dólares la libra…”, dice mientras te muestra lo que trae bajo la chaqueta: una pieza de carne colgada de un gancho. “Coño compadre, no hagas más eso que me va a dar un infarto…”, le dices aliviado a un amigo con el que jugabas en tu infancia y que ahora trabaja en un frigorífico, “Entra pa´la casa, a ver como es la cosa”. Terminada la transacción y después de haber despedido al amigo contrabandista, te dejas caer en una butaca y logras sonreírle a tus padres.
Más tarde, ya bañado y comido, tu hermano te pregunta, mirándote fijamente: “Oye, tu no sientes la sensación esa de los cubanos que viven en el extranjero y vienen de visita, de que están locos por volverse a ir…?”. Entonces suspiras y lo miras a los ojos mientras le dices, tratando de sonreír: “No brother, aquí está mi familia, esta es mi casa…” y enciendes un cigarro mientras cambias la vista y miras más allá de la terraza, hacia la Ciudad Oscura y, sintiéndote culpable por mentirle a tu hermano, cuentas mentalmente cuantos días te faltan para regresar a la Luz.
[
Next Thread |
Previous Thread |
Next Message |
Previous Message
] |
|