| Subject: Cáncer y calvicie... |
Author: Sikyud
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Date Posted: 07:20:13 11/15/02 Fri
Manuel García era un padre orgulloso, a quien el barrio conocía como un hombre trabajador. Tenía esposa, hijos, trabajo y un buen futuro: todo marchaba de acuerdo con sus planes.
Un día, aquejado de fuertes dolores de estómago, acudió a la clínica para averiguar la causa. Se descubrió que su cuerpo, ignorante del orden de las leyes naturales, albergaba tejidos cancerosos.
Fue así como Manuel García se internó en el sanatorio de la ciudad. De pronto, sus treinta y nueve años parecían caer como arena en la clepsidra.
—¿Qué alternativas tengo? —preguntó.
—Dos— fue la respuesta del médico—. Si no se hace tratar, su cáncer no tardará en ser fatal. Pero el tratamiento es doloroso y no puedo garantizarle nada.
Así se inició la odisea personal de Manuel: largas noches de insomnio en un aturdimiento de drogas, mientras el eco de los pasos en los largos corredores solitarios iba robándole sus minutos y sus horas. Saber que algo lo consumía desde dentro lo llenaba de desesperación. Ya había perdido veinte kilos por obra del cáncer, ahora las drogas le hacían perder el pelo.
Tras nueve semanas de tratamiento, el médico le dijo, en una de sus visitas:
—Manuel, ya hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos. Ahora el cáncer puede desaparecer o no. Nosotros no podemos hacer nada más. Todo depende de ti.
Manuel se miró en el espejo: un desconocido triste y asustado. Se vio pálido, arrugado, lleno de soledad y de miedo. Se sintió enfermo, aislado e indigno de amor: un hombre calvo, de apenas sesenta kilos. Imaginó a su Carmen viuda, a sus cuatro hijos huérfanos; pensó en las veladas de los jueves, cuando se reunían en casa de Julio para jugar a las cartas, y en todas las cosas que habría querido hacer y no hizo.
Pasó algún tiempo.
El día en que iban a darlo de alta lo despertó un ruido de pasos que se arrastraban alrededor de su cama. Al abrir los ojos creyó que aún estaba soñando: allí estaban su esposa y cuatro amigos… completamente calvos. Parpadeó, incrédulo, ante esas cinco relucientes cabezas alineadas. Nadie había dicho una palabra. Segundos después, los seis rompían en una carcajada.
Rieron hasta las lágrimas, y en los pasillos del hospital resonaron las voces. “Lo hicimos por ti, patroncito — le decían sus amigos, mientras lo llevaban en silla de ruedas hasta el auto que habían pedido prestado—. Estamos contigo, ¿ves, compañero?”
Así volvió Manuel García a su barrio. Cuando bajó frente a su modesta vivienda, la cuadra le pareció demasiado desierta para ser domingo. Aspiró hondo, acomodándose el sombrero. Pero antes de que pudieran entrar, la puerta se abrió de par en par.
De inmediato se encontró rodeado de caras conocidas: más de cincuenta personas amadas, parientes y amigos, todos con la cabeza completamente rapada, todos diciendo: “¡Te queremos!”
Manuel García, enfermo de cáncer, padre, esposo, amigo y vecino, sintió un nudo en la garganta.
—No soy dado a los discursos —comentó—, pero hay algo que debo decir. Me sentía muy solo en mi calvicie y mi cáncer. Ahora, gracias al cielo, todos ustedes están aquí, conmigo. Que Dios los bendiga por darme la fuerza que necesito. Ojalá no olvidemos nunca lo que significa el amor.
Nubecitas color de rosa llenas de amor Divino para tod@s por acá.
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